jueves, 28 de agosto de 2008

AIP (44): Evolución del vuelo, cuentismo, y seguridad laboral

David Coppedge

Una cosa se puede decir del darwinismo: proporciona oportunidades sin fin para investigar historias que quedan casi fuera de la posibilidad de prueba.

Un ejemplo de ello aparecía en el número de 18 de diciembre [2003] de Nature.1 John R. Hutchinson (Royal Veterinary College, Reino Unido), en un artículo de News and Views [Noticias y Opiniones] acerca de la evolución de las aves, examinaba el nuevo ángulo con el que hubiera podido comenzar el vuelo cuando los dinosaurios terópodos extendían sus extremidades anteriores a modo de estabilizadores o alerones mientras iban lanzados a la carrera cuesta arriba (véase nota de 16/01/2003). Antes que el especialista en morfología de los vertebrados Ken Dial, de Montana, formulase esta hipótesis, había dos ideas en competencia acerca del origen del vuelo que constituían una «dicotomía más bien rancia» según Hutchinson: la hipótesis (corredora) del suelo hacia arriba, en el sentido de que los dinosaurios despegaron hacia el aire, y la hipótesis de árbol abajo (arbórea), de que dinosaurios arborícolas saltaron de los árboles (véase nota de 29/01/2003).

Hutchinson no pretende en absoluto que el problema haya quedado resuelto; como mucho, «este trabajo puede iluminar el origen del vuelo en las aves». Pero al proporcionar un posible uso para unos miembros no voladores, que podrían ir mejorando con el tiempo, elimina un punto inverosímil del guión: «Esta es una solución persuasiva para el rompecabezas evolutivo: “¿Para qué sirve media ala?”» Sin embargo, la mayor parte de la transición de dinosaurios a aves sigue siendo difícil, incluyendo la evolución de las plumas (véase notas para 30/10/2003 y 21/08/2001) y la necesidad de una evolución simultánea de muchas otras estructuras especializadas como el pulmón de las aves (véase nota para 31/10/2003). Pero para Hutchinson, esto no es un fallo de la historia, sino un punto positivo: «Hay muchas cuestiones por explorar todavía, naturalmente, lo que es bueno para muchos investigadores, incluyendo Bundle y Dial, que admiten esto» (énfasis añadido en todas las citas). En otras palabras, esta nueva hipótesis, que el vuelo comenzó a evolucionar cuando se emplearon las extremidades anteriores como alerones (carrera en pendiente asistida por alas, o WAIR por sus siglas en inglés), abre un nuevo mercado laboral. Ahora los investigadores pueden emprender muchos nuevos ensayos experimentales. Hutchinson nos da algunos ejemplos:

  • Física: «Los roles relativos de las fuerzas de inercia y aerodinámicas permanecen desconocidas, así como los parámetros energéticos de la WAIR».
  • Papel de la cola: «Me pregunto hasta qué punto los cambios de función de las extremidades posteriores entre la carrera a nivel y la WAIR, o hasta qué punto el tercer módulo locomotor, la cola, pudiera haber influido en la WAIR».
  • Papel de los pies: «Si la WAIR es tan importante en la historia natural de las aves corredoras (u otras), y si es vital para las aves generar fuerzas de fricción para mejorar la tracción, ¿podrían sus pies especializarse de manera correspondiente?»
  • Uso del WAIR por parte de las aves actuales: «Del mismo modo, no se sabe hasta qué punto está distribuida y es crucial la WAIR para los miles de especies de aves actuales, especialmente aquellas como el tinamou, los kiwis y avestruces, que retienen muchos rasgos avianos ancestrales (por ejemplo, pasar un tiempo relativamente corto en el nido después de salir del huevo, o pasar más tiempo en medios terrestres que arbóreos), aunque Bundle y Dial proporcionan algunas tendadoras especulaciones».
  • Forma y Función: «Finalmente, ¿hasta qué punto están vinculados los rasgos anatómicos específicos de las aves a funciones correspondientes a la WAIR?»
  • Investigación interdisciplinaria: «En la lista de deseos para el futuro se incluiría el establecimiento de vínculos seguros entre forma y función para el grupo —Aves o Neornithes— que incluya a todas las aves existentes y a todas las descendientes de su antecesor común más reciente. Si se pudiera lograr todo est, entonces las cuestiones históricas más difíciles de cómo evolucionó la WAIR se volverían solubles, porque se podrían seguir las relaciones entre forma y función a través de los linajes evolutivos». [Pero véase un informe más reciente que plantea graves dudas acerca de las actuales teorías sobre la actual comprensión de la evolución de las aves].

Parece, así, que la nueva hipótesis no es precisamente un freno; es una puerta abierta a las oportunidades, una bocanada fresca de aire que saca la historia de la evolución de las aves de la calma chicha en la que estaba sumida:

En ausencia de este conocimiento más extenso, es incierto el grado en que la WAIR fuese esencial para cualquiera de los miembros extintos del linaje de los terópodos, incluyendo las aves más primitivas. Con todo, este trabajo seguirá estimulando la investigación acerca del vuelo y de su evolución. El debate acerca de si el vuelo se originó en criaturas arbóreas o terrestres tiene siglos de antigüedad. La hipótesis de la WAIR ha proporcionado una alternativa biológicamente verosímil a esta dicotomía más bien rancia.


1John R. Hutchinson, «Biomechanics: Early birds surmount steep slopes», Nature 426, 777 - 778 (18 December 2003); doi:10.1038/426777a.

¡Atrapados con las manos en la masa! Este es un importante principio que se debe comprender acerca del darwinismo, y por qué ha alcanzado tanto éxito en el mundo intelectual. Ya no importa si una hipótesis es cierta o no, sino si mantiene a unos perezosos científicos en sus prestigiosas sinecuras como cuentacuentos. La ciencia evolucionista ha quedado liberada de la reproducibilidad, susceptibilidad a la refutación, y capacidad de observación. La palabra clave ahora es verosimilitud, lo que, traducido, significa que la ciencia se ha convertido en ficción. A fin de cuentas, cualquier buena novela o historia corta es verosímil, ¿no? (Y debido a que no existen Leyes de Verosimilitud, al menos será verosímil para alguien, especialmente para el cuentacuentos.)

Para que los darwinistas que estudien la evolución de las aves a partir de los dinosaurios llevasen a cabo realmente su trabajo de manera rigurosa, tendrían que identificar cada mutación benéfica o duplicación génica vincularla con una ventaja funcional real, y seguir su extensión a través de una población. Tendrían que encontrar cada fósil de transición, conocer su edad con exactitud, seguir el desarrollo de todo el hardware orgánico y el software genético relacionados con el vuelo (incluyendo las plumas, las patas especializadas para posarse en ramas, los huesos huecos, los pulmones especiales de las aves, órganos especializados, el cerebro modificado, el tamaño del cuerpo, la tasa metabólica, los músculos y tendones especializados, y los instintos conductuales, como saber cómo emprender el vuelo, aterrizar, usar corrientes térmicas), explicar cómo estos cambios morfológicos proceden desde el embrión hasta el adulto, y muchas cosas más. Evidentemente, todo esto es imposible. Además, tendrían que desvelar, mediante experimentos, nuevas leyes naturales que creen crecientes niveles de complejidad e información en contra de la inexorable presión de la entropía. Incluso si pudiesen realizar estos imposibles experimentos en algún país de Siempre Jamás, nunca sabrían si esto concordaba con la prehistoria sin entrar en una máquina del tiempo y contemplar cómo se desarrollaba toda la historia.

Como esto es demasiado difícil, los evolucionistas han cambiado las reglas. No les gusta hacer ciencia a la manera antigua, a la manera en que la hacían Joule, Faraday y Mendel. Es mucho más fácil echarse cómodamente en el sofá y especular. Cuando la Fundación Nacional de las Ciencias comienza a inspeccionar cómo se están gastando los fondos aportados, el darwinista puede enseñar el álbum de fotografías de las últimas vacaciones en las Bahamas (véase nota para el 3 de dic. [2003]), o enseñar un clip de video doméstico de polluelos de perdiz corriendo pendiente arriba en el laboratorio, o exhibir los últimos juegos informáticos (véase nota para el 8 de mayo [2003]); con esto ya parecerá que está bien ocupado. Y es así que Eugenie Scott puede baladronar acerca de toda la literatura científica que respalda el evolucionismo, cómo el darwinista puede hacer que sus estudiantes postgraduados escriban con una jerga especializada para Nature, o Science o National Geographic, acabando con la típica doxología acerca de todas las maravillosas historias a las que abre paso el nuevo giro en el guión.

Llamando al buen criterio frente a las falacias lógicas. Es hora de despertar y examinar el pelaje. Nos han dado gato por liebre. Los llamados biólogos evolutivos han estado tratando de intimidar a sus críticos con el cuento de que no comprenden lo que es la «ciencia» y que para hacer «ciencia» tenemos que actuar según «las reglas». Lo que no explican es que las reglas cambiaron cuando el Partido Darwinista acaparó el poder. El buen Charles Darwin era muy astuto. Tenía una vívida imaginación y mucha retórica, y en lugar de demostrar sus historias, venía a decir: «Esto es verosímil, ¿verdad? ¡Demostradme que estoy equivocado!» De modo que nos tragamos el anzuelo y emprendimos el camino de una empresa imposible, intentar demostrar una negativa universal, en lugar de poner a descubierto su bravata y obligarle a él a demostrar que estaba en lo cierto. Mientras estábamos distraídos, reunió a los Famélicos Cuentacuentos, les dio batas blancas de laboratorio y llegó a ser su santo patrón. Y desde entonces le han estado en deuda.

Los antievolucionistas han sido llevados al aprieto de intentar demostrar que este o aquel pretendido dinosaurio emplumado no es realmente el antecesor de las aves, o que no se puede extrapolar sin fin este o aquel cambio microevolutivo, sin darse cuenta de que están tratando de ganar en un juego en el que el adversario tiene la potestad de ir haciendo las reglas al paso. El que establece las reglas controla el juego.

La razón de que los miembros del Partido Darwinista sean tan vehementes contra sus críticos es que sus puestos de trabajo están en juego. Los verdaderos padres fundadores de la ciencia declararon su independencia frente a las especulaciones estableciendo una constitución no escrita que exigía que los resultados científicos debían ser observables, susceptibles de ensayo y reproducibles. Pero posteriores dirigentes, cediendo a las presiones de grupos de presión con intereses creados que encontraban que esto era demasiado trabajo, comenzaron con programas de dotaciones económicas como la Gran Sociedad de los Cuentacuentos. Esta gran sociedad irrumpió en los laboratorios, eliminó las redomas y los amperímetros, y montó divanes alrededor de mesas de comida llenas de «fascinantes especulaciones» (véase comentario para el 18 de sept. [2003]). A su debido tiempo, la Ciencia Oficial devino una engordada burocracia dedicada a distribuir fondos a más y más banquetes de cuentacuentos, mientras que aquellos resistentes individualistas que seguían creyendo en los principios fundamentales de la ciencia se veían llenos de cargas para el mantenimiento de un creciente estado intervencionista. Los pocos que llamaron al juego limpio fueron acusados de discurso de odio y ridiculizados como irracionales, oscurantistas supersticiosos que sencillamente no entendían qué era la «ciencia».

Si la gente se despertase y se diese cuenta de que los darwinistas no están contribuyendo de manera justa, que la verdadera ciencia está subvencionando la interminable búsqueda de los darwinistas por un buen cuento, habría gente que perdería unos puestos injustificables. Pero la ciencia misma seguiría en marcha. La buena ciencia que construye estaciones espaciales y que descubre motores moleculares, que explora Marte y que exhuma huesos de dinosaurios y clasifica colibríes, seguiría en pie y en marcha. La medicina seguiría avanzando, y los telescopios se seguirían vendiendo, y se seguirían acumulando verdaderos descubrimientos. Pero si el público exigiese responsabilidades, todos los programas inútiles, de distracción y parásitos promovidos por el Partido Darwinista se desvanecerían. Habría muchos que ahora parecen muy imponentes que tendrían que dedicarse a contar historias en las fiestas mayores de los pueblos.


Fuente: Creation·Evolution Headlines - How Darwinism Produces Job Security 22/12/2003
Redacción: David Coppedge © 2003 Creation Safaris - www.creationsafaris.com
Traducción y adaptación: Santiago Escuain — © SEDIN 2008 - www.sedin.org