¿Se acumulan numerosos cambios pequeños para conseguir grandes cambios, como pensaba Darwin? En el número de 15 de enero [2004] de Nature,1 el kiwi neozelandés David Penny (del Centro Allan Wilson para Ecología Molecular y Evolución, Universidad de Massey) abriga esperanzas de que un nuevo genoma del chimpancé demostrará este extremo:
La cuestion fundamental que se plantea aquí es la audaz pretensión de Darwin de que «numerosas y ligeras modificaciones sucesivas» son suficientes para toda la evolución (Fig. 1 [una fotografía de un grupo de chimpancés]). Esto puede parafrasearse, en términos posteriores, como que «la microevolución es suficiente para explicar la macroevolución». El contexto histórico es que la biología evolutiva puede dividirse en dos fases: primero, la aceptación en la década de 1860 de que la evolución (la macroevolución) había verdaderamente sucedido; segundo, la conciencia a mediados de la década de 1900 de que los procesos de microevolución (la selección natural operando mediante la genética) eran necesarios para que tuviera lugar la evolución.

Fuente: NIH
Aunque el genoma del chimpancé sigue estando en una etapa de borrador preliminar, Penny apunta a algunos resultados iniciales proporcionados por A. G. Clark que sugieren que ha habido una cierta «selección positiva» entre los genes simios y humanos, en comparación con el genoma del ratón:
El uso del genoma de ratón como grupo externo permite estimaciones de la cantidad de mutaciones sinónimas (silentes) y no sinónimas (de sustitución). La relación entre ambas permite la identificación potencial de genes que han estado bajo selección positiva en humanos en contraste con chimpancés, y viceversa.
Luego dice: «No es de sorprender que se den cambios selectivos en los linajes humano y del chimpancé (nuestro antecesor común no fue ni chimpancé ni humano». ¿Como cuáles? Él señala a un ejemplo que encontró Clark: las enzimas para la disgregación de los aminoácidos parecen haber estado bajo una selección positiva. ¿Qué significa esto?
Esto concuerda con la proporción generalmente elevada de carne (y por ello de proteína) en la dieta humana, al menos en comparación con el chimpancé y el gorila, más herbívoros. La incrementada capacidad para disgregar aminoácidos no es sorprendente desde otro punto de vista. Por ejemplo, la incapacidad de catabolizar fenilalanina tiene diversos efectos adversos, incluyendo daños cerebrales. En conjunto, este hallazgo da respaldo a teorías de que una mayor proporción de la carne en la dieta de los humanos primitivos fue importante para el aumento del tamaño del cerebro. Aparte de esto, también podría haber implicaciones éticas. Si los humanos primitivos consumían carne «de natural», entonces, por ejemplo, ser vegetariano podría ser considerado como una decisión personal más que una decisión ética universal. Pero todo lo que puede afirmarse aquí es que el conocimiento científico será necesario, aunque no fuere suficiente, para resolver estas cuestiones éticas.
El único otro caso de posible selección positiva lo son las diferencias en los genes del olfato entre simios y humanos. Algunos genes parecen estar bajo selección positiva, mientras que otros parecen estarse volviendo inactivos como pseudogenes. Este trabajo es un ejemplo, le parece, de cómo la genómica evolutiva comparada puede estimular la investigación:
Estos resultados ilustran cómo la información a nivel de todo el genoma estimulará nuevos experimentos, tanto al nivel de la expresión génica como con el objetivo de realizar comparaciones fisiológicas. ¿Cuál, por ejemplo, es la sensibilidad comparada de los humanos y chimpancés a una gama de estímulos olfatorios? ¿Tienen los humanos una receptividad mejorada a olores debido al aumento de la proporción de carne y/o alimentos cocidos en nuestra dieta? Estas pruebas nos permitirán ver cómo las diferencias genéticas se manifiestan a nivel del organismo, y podemos esperar una multiplicidad de experimentos a este fin.
También toca otras cuestiones: ¿Qué importancia tiene la selección neutral? ¿Cómo se pueden distinguir las diferencias en los ritmos de expresión génica? ¿Ocurren las diferencias en expresión génica más con los genes conservados, o con los que están experimentando selección positiva? ¿Ayudarán estos estudios a determinar los ritmos de las mutaciones? ¿Cuál es la tasa de reproducción sostenible? «Si la proporción de mutaciones deletéreas y ligeramente deletéreas es significativa,» observa, «entonces los ritmos de reproducción para reposición exacta podría llevar a un eventual declive génico». (Al autor, esto no le importa tanto como «la sostenibilidad ecológica del planeta», un «tema de preocupación mucho más apremiante».)
Estos son paladeos del abundante «alimento para el pensamiento» que cree que proporcionan los estudios iniciales de Clark. El proyecto del genoma del chimpancé sigue adelante. Penny concluye:
La secuencia completa estará disponible más adelante este año, y análisis comparativos adicionales deberían llevar a una respuesta concreta acerca de si hay algo en el genoma humano que no pueda ser explicado por los procesos microevolutivos normales. ¿Existe un continuo genético entre nosotros y nuestros antecesores y los grandes simios? Si existe, entonces podremos decir que estos procesos son genéticamente suficientes para explicar totalmente la singularidad humana —y este sería mi candidato para el principal problema científico resuelto en la primera década del nuevo milenio.
1David Penny, «Evolutionary biology: Our relative genetics», Nature 427, 208 (15 enero 2004); doi:10.1038/427208a.
A ver: ¿por qué está usted haciendo esta pregunta, Dr. Penny? Aquí estamos, 150 años después que Darwin reconstituyó el mundo científico, ¿y usted todavía no sabe si numerosas y ligeras modificaciones sucesivas podrían hacer un hombre a partir de un simio?
Observemos la desenfrenada, ilimitada y jactanciosa imaginación de David Penny. Lo que hace es tomar unos pocos genes que parecen diferir en su capacidad de descomponer unos pocos aminoácidos, y de repente obtenemos información científica acerca de (1) la dieta, (2) la evolución del cerebro, y (3) aspectos de la ética. Increíble. En cualquier otro campo de investigación, una extrapolación a partir de unos datos tan insuficientes sería objeto de merecida burla. Pero como Penny es un biólogo evolutivo, se sale con la suya y su absurdo cuento aparece publicado con toda seriedad en Nature, la revista científica más prestigiosa del mundo. ¿Por qué?
Aquí, es importante saber algo acerca de la Revolución Darwinista. Lo que sucedió en 1859 no fue meramente el anuncio de una nueva teoría científica. Lo que tuvo lugar fue un giro fundamental en la forma en que se hace ciencia. Antes de Darwin, los científicos (mayoritariamente teístas y creacionistas) creían intensamente en la prueba. «Nada en base a la mera autoridad», era el lema de la Royal Society. Los científicos ponían cuidado en distinguir entre especulaciones y hechos demostrables mediante experimentos.
Pero con Darwin, se rebajaron las normas. Se volvió permisible la mera especulación acerca de un fenómeno natural. Ya no se precisaba de pruebas: Darwin elevó la categoría de la hipótesis en el campo de la ciencia.
A pesar del que muchos científicos de la época se sintieron escandalizados, los admiradores de Darwin, incluyendo John Stuart Mill, Karl Marx y Herbert Spencer, reconocieron la esencia de lo que Darwin había hecho: había inaugurado un nuevo paradigma para el cuentismo. Éstos admitieron abiertamente que Darwin no había probado su tesis. Darwin mismo comprendía que su teoría carecía de explicación para la variación, para la herencia o para la especiación, y que no había realmente demostrado ningunas transformaciones. La mayor parte de las pretendidas pruebas presentadas en El Origen para apoyar su hipótesis de la selección natural eran (1) circunstanciales, (2) basadas en la analogía con la crianza artificial, o (3) en argumentos ateológicos (esto es: «un Diseñador no lo hubiera hecho así») —ejemplo de la falacia de la falsa disyuntiva (véase Falacias lógicas). Pero ya no importaba toda esta ausencia de prueba científica, porque Darwin había cambiado las reglas de la ciencia para incorporar la mera especulación. Observemos lo que dijo John Stuart Mill:
La singula especulación del Sr. Darwin acerca del origen de las especies es otro intachable ejemplo de una hipótesis legítima. ... Es irrazonable acusar al Sr. Darwin (como se ha hecho) de violar las reglas de la inducción. Las reglas de la inducción tienen que ver con la condición de la prueba. El Sr. Darwin nunca ha pretendido que su doctrina estuviese probada. No estaba limitado por las reglas de la inducción, sino por las de la hipótesis. Y éstas últimas pocas veces se han cumplido de una manera más completa. Él nos ha abierto una vía de investigación lleno de promesa, cuyos resultados nadie puede prever. (Citado en Janet Browne, Charles Darwin: The Power of Place [Princeton, 2002], p. 186.)
Algunos de los resultados los vemos retrospectivamente: el darwinismo adoptado históricamente como fundamento científico de sistemas como la eugenesia, la lucha de clases en el marxismo, la lucha por la hegemonía y la raza de señores en el nazismo ... ¡Las reglas de la ciencia cambiaron! Las pruebas fueron descartadas. Se introdujeron las hipótesis (léase: especulaciones, imaginación), por no hablar de los «experimentos mentales», como instrumentos de la ciencia.
Dejemos esto en claro: Las hipótesis no son ciencia. Las hipótesis anteceden a la ciencia. Una hipótesis es meramente la corazonada, la suposición, el instrumento heurístico que usa un científico para comenzar sus experimentos que, es de esperar, confirmen o refuten la hipótesis. Naturalmente, se precisa de una buena hipótesis para producir buena ciencia; Faraday pudiera no haber llegado a un éxito tan grande sin la corazonada de que las fuerzas de la electricidad y del magnetismo estaban relacionadas. Pero la hipótesis no adquiere sustancia científica hasta que está demostrada. Lo que Darwin hizo fue crear la hipótesis de ámbito abierto que ya no demandaba demostración. Como lo declara en la anterior cita de forma enfática y clara John Stuart Mill (el economista cuyas teorías encontraban respaldo en la perspectiva darwinista de un mundo en el que el pez grande se come al chico), Darwín había abierto una vía de investigación. El medio se había transformado en el fin.
La hipótesis de Darwin liberó el bloqueo de los escritores para generar multitudes de cuentistas en otros campos. Economistas como Mill y Marx (por razones diferentes) se sentían atraídos por la imagen de la competencia sangrienta. Los políticos encontraron justificación para el colonialismo y la expansión del Imperio Británico. A los racistas les encantó encontrar justificación en la idea de la supervivencia de los más aptos (donde la suya era, naturalmente, la raza más apta). Dio a los artistas nuevos temas para dramáticos paisajes de gran alcance. Dio a poetas como Tennyson y Browning nuevos temas para sondear la condición humana. Compositores, psicólogos, industrialistas, comediantes, novelistas, periodistas, caricaturistas y el hombre de la calle, todos comenzaron a contemplar el mundo dentro de esta nueva perspectiva. No importaba si el paradigma estaba sustentado sobre un sólido fundamento de realidades. Lo que importaba era la función.
El problema con la Nueva Atlántida antibaconiana de Darwin era que las hipótesis y las especulaciones pueden ser de una variedad infinita, urdimbres sin fin que, a no ser que queden fijadas mediante prueba tangible, no son mejores que los sueños o los mitos. Se pueden presentar revestidas de fraseología científica, pero pueden estar diametralmente apartadas de la realidad. Se suponía que la ciencia era una metodología fiable para obtener la verdad acerca del mundo natural. Se suponía que precisaba no de unas meras hipótesis, sino de una gran acumulación de hechos que realmente sustentasen la hipótesis, no que meramente pudieran ajustarse a ella. Pero el Darwinismo introdujo unas grandes y aplastantes generalizaciones no susceptibles de prueba. Esta es otra razón de que la mayoría de las historias darwinistas en las revistas sean futuribles: vacuas promesas de que la prueba está en alguna parte, todavía esperando a ser descubierta, algún día más allá del arco iris, cuando encontremos agua en Marte, o cuando acabemos de explorar el genoma del chimpancé, o lo que sea. Cuando los datos prometidos no sirven de ayuda, no importa: sólo es cuestión de empujar un poco hacia el futuro, y la historia sigue.
Desde luego, la redefinición de la ciencia por parte de Darwin produjo mucha experimentación. El mismo Darwin era casi obsesivo-compulsivo en sus observaciones de las orquídeas, de los percebes y de las palomas, tal como Janet Browne lo describe en su aclamada biografía (de lectura recomendada). Pero la mayor parte de esta experimentación era la búsqueda de indicios que pudieran prestar apoyo a su hipótesis de selección natural. Nada de esto resultó ser prueba. Nada de lo que descubrió demostró grandes transformaciones entre plantas o entre animales: todo se limitaba a pudiera haber sido. Era un proponente de una tesis buscando respaldo, no mejor que un sectario tratando de conseguir pruebas bíblicas para su herejía con citas parciales de la Biblia que pudieran ser congruentes con su visión preconcebida, sin tener en cuenta si el contexto lo justificaba o no.
Por ejemplo, cuando Darwin buscaba anhelante las pruebas de que las abejas hubieran variado (Browne, p. 203), la evidencia era insignificante. ¿Acaso aceptó que esto refutaba su hipótesis? Ni hablar. «En su desesperación», escribe Browne, «Darwin dio vueltas a la pregunta en su cabeza: si no había diferencias físicas, ¿habría quizá variaciones en la conducta?» (Ibid.) Darwin dio el ejemplo de formular una hipótesis tan flexible e imaginativa que ninguna cantidad de pruebas contrarias podría jamás refutarla. Él abrió el mundo de la ciencia a los cuentistas, proporcionándoles seguridad en el trabajo y bienestar (véase AIP [44]).
Esta es la razón por la que David Penny puede escribir disparates y que se le publique en una revista científica. Esta es la razón por la que después de 150 años, la «vía de investigación» de Darwin sigue planteando preguntas fundamentales que el público creía que Darwin ya había contestado. Esto explica por qué personajes como Eugenie Scott, Michael Ruse y los demás abogados del Partido Darwinista pueden mantener su bluff acerca de las «reglas de la ciencia» que garantizan la permanencia del Darwinismo y que excluyen las alternativas, sin importar todos los datos que contradicen la tesis darwinista. Esta es la razón de que la mayoría de los que debaten contra los creacionistas dedican tanto tiempo bien (1) a las pruebas circunstanciales, (2) a las analogías, y (3) a argumentos ateológicos, en lugar de intentar probar la hipótesis de Darwin de que numerosas y ligeras modificaciones sucesivas han llegado a acumular cambios fundamentales, desde las bacterias hasta el hombre.
Y esta es la razón por la que los miembros del Partido Darwinista están empleados lucrativamente en su búsqueda sin fin de fragmentos de datos que pudieran ser congruentes con lo que ha llegado a ser la mitología reinante de nuestro tiempo. El evolucionismo mismo evoluciona. Como un animal que supuestamente va cambiando sin propósito ni designio, el cuentismo evolucionista va variando mediante mutación y selección (mediante la selección de las pruebas), vagando sin fin en la Tierra de Nunca Jamás.
A no ser que la comunidad científica eleve sus criterios y regrese al requisito de que una hipótesis no es ciencia hasta que resulte probada, entonces este estado de sinecura de los cuentistas persistirá. El público ha quedado hechizado. La ciencia se ha transformado en el decorado de la fantasía.
Fuente: Creation·Evolution Headlines - Does Microevolution Add Up? 15/01/2004
Redacción: David Coppedge © 2004 Creation Safaris - www.creationsafaris.com
Traducción y adaptación: Santiago Escuain — © SEDIN 2009 - www.sedin.org