lunes, 30 de enero de 2012

Un desafío de hace un siglo

Michael Flannery   25 de enero de 2011 | Permalink

En 1910, Alfred Russell Wallace lanzó este guante desafiando a los materialistas: «Nada en la evolución puede explicar el alma [o la mente] del hombre. La diferencia entre el hombre y los demás animales es insalvable». ¿Steven Pinker al rescate?


Wallace hizo la anterior declaración en una entrevista concedida a Harold Begbie de The Daily Chronicle, donde anticipaba la publicación de su gran síntesis evolucionista: The World of Life: A Manifestation of Creative Power, Directive Mind and Ultimate Purpose [El mundo de la vida: Una manifestación del poder creador, de la mente conductora y de un propósito final], en diciembre de 1910. Para desazón de Charles Darwin, su coproponente de la selección natural había sugerido todo esto ya con mucha anterioridad, en el número de abril de 1869 de The Quarterly Review. A pesar de mantener unas relaciones cordiales, esta «herejía» iba a crear una gran división entre los dos naturalistas, y desde entonces los discípulos de Darwin han estado buscando una respuesta a Wallace.

No hace mucho tiempo, Steven Pinker, el predilecto de la escuela de psicología evolutiva en Harvard, propuso rescatar a los darwinistas en su artículo «The Cognitive Niche: Coevolution of Intelligence, Sociality, and Language [El nicho cognitivo: la coevolución de la inteligencia, socialización y lenguaje]» (PNAS, 11 de mayo de 2010). Pinker observa que Alfred Russel Wallace «afirmó que la inteligencia abstracta no era útil para los antecesores de los humanos, y sólo podía explicarse por diseño inteligente». En una singular exhibición de perspicacia, Pinker tiene razón. Wallace creía que ciertos aspectos de la singular mente humana —el amor a la música, el humor, el razonamiento abstracto, las matemáticas, etc.— eran totalmente inexplicables mediante el principio propio de Darwin de la utilidad, esto es, la idea de que no puede existir ningún órgano ni atributo en una especie a no ser que haya sido de utilidad para los organismos que lo poseen. Pinker pasa a continuación a desestimar a Wallace y a asegurar a sus lectores que estos elevados atributos mentales pueden explicarse, todos, mediante principios darwinianos. Aunque Pinker procede a atacar la afirmación de Wallace como «notoria», el desobediente colega de Darwin nunca abandonó su postura, e incluso siguió prosiguió desarrollando las limitaciones de la selección natural. Lo hizo de una forma muy destacada en su libro Darwinism (1889) y en The World of Life mencionado más arriba.

Ahora, después de más de un siglo, Pinker se compromete a abordar de una vez por todas este «profundo enigma» que planteó Wallace con «el nicho cognitivo». Veamos si el argumento de Pinker está a la par de su baladronada.

El nicho cognitivo no es un concepto nuevo; fue propuesto por primera vez por Tooby y DeVore en 1987. Pero Pinker cree que tiene una especial trascendencia para explicar la capacidad evolutiva de la mente humana mediante selección natural, precisamente lo que Wallace negó. El nicho cognitivo se fundamenta sobre dos hipótesis: 1) «un modo de supervivencia caracterizado por la manipulación del medio ambiente mediante razonamiento causal y cooperación social»; y 2) «las facultades psicológicas que evolucionaron para prosperar en el nicho cognitivo pueden ser cooptadas a dominios abstractos de procesos de abstracción metafórica y de combinación productiva, cosas ambas vívidamente manifestadas en el lenguaje humano».

Todo suena a muy impresionante hasta que Pinker intenta realmente fundamentar nada de esto. La narrativa degenera rápidamente a una explicación trivial de lo que los humanos hacen actualmente y luego a una colección de escenarios especulativos acerca de cómo ciertos homínidos primitivos «pudieran haber» hecho esto o «quizá» hicieron aquello. Todo ello engalanado con evasivas como «puede haber sido», «puede servir como», «quizá», «puede conectar» —¡veintiuna de estas expresiones en un artículo de siete páginas! —Pinker promete «disolver» la paradoja de Wallace. Si todo fuesen meras especulaciones, podría todo atribuirse al pensamiento ilusorio tan común entre los psicólogos evolutivos. Pero Pinker se lanza a intentar explicar «cómo unos mecanismos cognitivos que fueron seleccionados para un razonamiento físico y social podrían haber capacitado al H. sapiens a dedicarse en el razonamiento sumamente abstracto necesario para la ciencia moderna, la filosofía, el gobierno, el comercio y el derecho». Su respuesta es que: ¡la mayoría de los humanos no hacen tal cosa! Sólo unos pocos humanos pudieron hacer aquello que «todos son capaces de aprender». ¿Ejemplos? En lugar de la física mecánica de Newton, la mayor parte de «física» humana se ha compuesto de intuiciones más relacionadas con «la teoría medieval del ímpetu»; la mayoría ha creído en una «biología intuitiva» como el «creacionismo»; la mayoría han razonado hacia el «vitalismo» por encima de una «fisiología mecanicista»; y, con respecto a la mente, la mayoría de la gente está adherida al dualismo mente/cuerpo sobre el «reduccionismo neurobiológico». Sólo «algunos humanos», insiste él, «pudieron inventar los diferentes componentes del conocimiento moderno». El mecanismo de cómo los aparentemente «pocos» pudieron conseguir tal cosa viene de lo que Pinker designa el «fenómeno psicolingüístico» llamado «abstracción metafórica».

Ahora bien, desde luego que esto no es ciencia; es un puro presentismo y un pensamiento ilusorio. Privilegia aquellas cosas que Pinker valora como «progresivas» y «modernas» y relega todo el resto a una ignorancia que se realimenta a sí misma. En el mundo de Pinker debemos suponer que eruditos medievales como Avicena, Jean Buridan y Nicole Orisme eran incapaces de «emprender un razonamiento sumamente abstracto», porque todos ellos proponían una teoría del ímpetu. ¿Va Pinker a incluir también a René Descartes? ¿Y qué de William Paley y su creacionismo, o de Henri Bergson y su élan vital? ¿Eran ellos incapaces de un «razonamiento sumamente abstracto»? Si sólo cuenta aquel «razonamiento abstracto» que respalda los modernos paradigmas científicos dominantes, entonces estamos ante un presentismo de la peor clase; razona hacia atrás y cuenta sólo aquellos conceptos que privilegian al paradigma, y supone que todas las demás explicaciones (abstractas o no) son regresiones primitivas. Esto se conoce idiomáticamente como la proverbial «baraja marcada». ¿Está Pinker pretendiendo que Avicena, Buridan, Orisme, Descartes, Paley y Bergson manifiestan un intelecto como el de una vía muerta Neandertal? ¡Lo absurdo de esta sugerencia constituye su misma refutación!

El cerebro, la mente, el enigma para el materialismo. ¿Es acaso la mente un mero epifenómeno del cerebro? ¿Son los pensamientos secreciones del cerebro, como dijo Charles Darwin? ¿O es el cerebro el instrumento de un Yo inmaterial, como lo ha afirmado siempre el dualismo? Los intentos de explicación desde el materialismo se estrellan con una realidad pertinaz de la conciencia del Yo en distinción a su vehículo soporte ... Alfred Russell Wallace fue lo suficientemente clarividente como para observar y reconocer que el materialismo está en bancarrota. Para más acerca de esta apasionante cuestión, remitimos al lector al clásico La Misteriosa Materia de la Mente. Ilustración cortesía de Washington Irving

El argumento de Pinker es totalmente insostenible; su pretensión de que la clave a la comprensión de cómo la mente humana alcanzó su capacidad para razonamiento abstracto mediante un pretendido «fenómeno psicolingüístico ... llamado abstracción metafórica» es como mínimo una petición de principio, o como mucho una tautología. Wallace lo hubiera calificado de «meras sugerencias verbales».

Hay biólogos que han comenzado a cuestionar las superficiales suposiciones implicadas en las explicaciones darwinistas de la mente humana. Por ejemplo, Johan J. Bolhuis y Clive D. L. Wynne, en un número de Nature de abril de 2009, planteaban esta pregunta: «¿Puede la evolución explicar cómo funciona la mente Su respuesta resumida fue, no por ahora. Pero no antes de lanzar algunas duras críticas contra colegas que durante las dos últimas décadas han pretendido contestar a esta cuestión en sentido afirmativo. Según Bolhuis y Wynne: «Un examen más riguroso de muchos estudios revela, sin embargo, que a menudo no ha habido unas condiciones apropiadas de control, y que se han pasado por alto unas explicaciones más sencillas en medio de un frenesí de abuso interpretativo antropomórfico» (p. 832). Estos autores, escépticos frente a asertos que mantienen ciertas continuidades cognitivas y afinidades conductuales entre humanos y chimpancés, monos y simios, sugieren que «Estos resultados han arrojado dudas sobre la aplicación directa del darwinismo a la cognición. Algunos han llegado incluso a calificar de error la idea de continuidad de Darwin» (p. 832). Aunque presentando su pellizco de incienso ante «los atisbos de Darwin», Bolhuis y Wynne no se andan con rodeos al llamar a huir de «los matorrales de una nomenclatura arbitraria» y de «unas ingenuas presuposiciones evolucionistas» que ofuscan en lugar de iluminar nuestra comprensión de la cognición. Es difícil ver el «nicho cognitivo» de Pinker como nada más que una mera adición a este «matorral de una nomenclatura arbitraria».

Incluso después de un examen esmerado de la teoría de Darwin acerca de la mente, aunque algo acrítico, en «Darwin's Unsolved Problem: The Place of Consciousness in the Evolutionary World [El puesto de la conciencia en el mundo en evolución]», C. U. M. (Chris) Smith llega a la conclusión de que «su problema [de Darwin] inicial sigue sin solución. Podría ser», añade esperanzadamente, «que estemos más cerca de una comprensión de cómo el mundo de lo viviente se originó sobre la superficie de este planeta ..., pero no estamos más cerca de comprender cómo esto incluye los qualia, esto es, la conciencia fenomenológica o la conciencia sensorial, de lo que lo estaba Darwin hace un siglo y medio» (Journal of the History of Neurosciences, 19:2, 3 de mayo de 2010:105-120, 119)

Un problema fundamental con la teoría de Darwin acerca de la mente es su intento de vincular las emociones humanas y animales como diferencias en grado en lugar de verlas como cualitativamente diferentes. Con su insistencia en que «no hay una clara línea de demarcación entre los humanos y otros animales» (116), Smith, y desde luego una gran cantidad de biólogos evolutivos (incluyendo a Pinker), creen que Darwin acertó en esto. Darwin llegó a esta conclusión observando el comportamiento de «Jenny», un orangután en el zoológico de Londres. Viendo que Jenny huía y se escondía cuando hacía algo que su guarda le había mandado que no hiciera, Darwin consideró esto como evidencia de «vergüenza» y «conciencia del yo» en los animales. Pero, ¿se trata aquí realmente de vergüenza en el sentido en que los humanos sienten vergüenza? ¿Acaso Jenny sentía culpa, vergüenza y un sentimiento de indignidad debido a la regañina de su guarda? No hay razón alguna para creer tal cosa. Lo que está claro es que Jenny, como todos los animales superiores, estaba respondiendo a un refuerzo operante. Jenny se escondía porque sabía que en el pasado un comportamiento parecido había resultado en castigos y reprimendas de parte de su guarda. La reflexión, la culpa o la vergüenza que los humanos experimentan o incluso contemplan anticipadamente siempre que se tensa o quebranta un conjunto mayor de reglas morales es cosa desconocida en el mundo de los animales. Estas son diferencias cualitativas, no cuantitativas. La «vergüenza» del orangután parece ser sólo otro ejemplo del «abuso interpretativo antropomórfico» del que se quejan Bolhuis y Wynne.

Los puentes construidos sobre la sima infranqueable de Wallace entre los animales y los humanos se derrumban bajo el primer esfuerzo de cruzarlos de manera efectiva. Este problema es inherente a las teorías darwinista y neodarwinista y aparece de manera palmaria en todas estas propuestas, incluyendo la de Steven Pinker. ¿Por que? Porque, como todos los buenos psicólogos evolutivos, Pinker contempla la selección natural como el único factor capaz de generar complejidad biológica.

Algunos protestarán que este es a fin de cuentas sólo un argumento basado en huecos; que nos eludan ahora las respuestas a la mente humana mediante mecanismos darwinistas no constituye una razón para suponer que no se puedan encontrar en el futuro. Quizá esto podría ser válido si los críticos de Darwin no tuvieran una mejor solución para esta cuestión, pero hay una alternativa, y, además, dispone de un cuerpo abrumador de datos experimentales en su favor, esto es, que la complejidad especificada sólo surge de una agencia inteligente. Esto suscita dos preguntas: 1) ¿Es la inteligencia un mero producto de la selección natural operando sobre mutaciones al azar? Y, 2) ¿Es una perspectiva exacta, o siquiera apropiada, de la inteligencia como tal? Los falsos positivos en las respuestas a estas preguntas podrían explicar por qué el reto de Wallace persiste como algo insoluble para los darwinistas. En lugar de reducir la mente a alguna fórmula materialista, hay otra propuesta posible. William A. Dembski y Jonathan Wells escriben así: «¿No podría más bien la inteligencia ser una característica fundamental del mundo, un principio que anima el todo de la realidad, y que es la causa de los maravillosos patrones que observamos en el universo biofísico y que se refleja en las capacidades cognitivas de los animales —y de manera preeminente en los humanos? El hecho mismo de que el mundo sea inteligible y que nuestra inteligencia pueda comprender el mundo apunta a una inteligencia subyacente que ha adaptado nuestra inteligencia al mundo» (The Design of Life, p. 15) Wallace estaba de acuerdo con esto.



Aplicaciones de diseño que manifiestan una sucesión aritmética, la sucesión de Fibonacci, no necesaria en las estructuras de la naturaleza, pero que aparece impuesta como patrón de desarrollo ... por una Mente Trascendente, por el Creador ... En la piña piñonera mediterránea y en el Nautilus tenemos un par de ejemplos de un patrón que aparece por todas partes en el Cosmos y en el mundo de lo viviente como impronta de una intencionalidad no producida por ningún azar ni ninguna necesidad mecanicista. Frente al reduccionismo, que haría de la mente un efecto de la evolución de la materia hasta conseguir una estructura de gran complejidad como el cerebro, se levanta la realidad de la Palabra que expresa y plasma un propósito en una actuación creadora que hace al hombre a Su imagen y semejanza. Para una apasionante introducción a la serie aritmética de Fibonacci en la que se basan estas formas, véase Formas, Números, Patrones, y la Proporción Divina en la Creación de DiosFotografías: S. Escuain.


En último término, el «nicho cognitivo» de Pinker es meramente otro intento fracasado de responder al reto de Wallace. De hecho, The World of Life permanece irrefutado después de un siglo de cortinas de humo darwinistas. Naturalmente, el problema mente/cuerpo antecedió en mucho tiempo a los coproponentes de la selección natural, pero si aquí tenemos una lección es que la moderna teoría de la evolución nunca tuvo necesidad de las interpretaciones reduccionistas de Darwin. Alfred Russell Wallace, el otro proponente de la selección natural, nos ofrece una propuesta diferente.

Para más documentación acerca de esta propuesta, remito al lector a la biografía recientemente publicada: Alfred Russel Wallace: A Rediscovered Life.


NOTA DE SEDIN: Para un clásico que documenta la propuesta y a los proponentes del dualismo mente/cerebro frente al reduccionismo materialista, véase:


Fuente: Evolution NewsA One Hundred Year-Old Challenge   25/01/2012
Redacción: © Michael Flannery 2012 - Evolution News and Views - www.evolutionnews.org
Traducción y adaptación: Santiago Escuain — © SEDIN 2012 - www.sedin.org